sábado, 1 de octubre de 2022

PURGATORIO



La mayor parte del tiempo la sensación es la de estar en el purgatorio. 

El tiempo pasa sin sorpresas y nada es demasiado importante y nada cambia demasiado. Todo sigue una inercia propia y ajena a la propia voluntad.

En realidad la voluntad se delega en favor del paso del día, lleno de tareas rutinarias como ir al banco, hacer una compra, cocinar, ver los informativos, descansar o ver series interminables en Netflix, Amazon Prime o HBO.

La nevera está llena, las facturas están domiciliadas y hay dinero en el banco. El tiempo para pensar es ninguno. El fin de semana consiste en cenar con una pareja de amigos el viernes o el sábado e intentar dormir o no hacer nada el resto del tiempo.

Hay sexo cuando no se está demasiado cansado y el alcohol va y viene según se cuida o se se descuida uno mismo. Hace años que no hay drogas que no sean café y la única pastilla es la de la tensión. 

Todo está en la línea de tiempo. De lunes a domingo y vuelta a empezar. Todo empieza y acaba en unidades semanales.

Aquí no pasa nada, todo está bien mientras todo sea confortable. El purgatorio.

Un axolotl en Lisboa



Me ha costado lo mío llegar a este umbral, Dans la ville blanche de Alain Tanner. Y, la verdad, fue Ángeles quien me ha empujado a cruzarlo desde que escribí sobre los ríos: cómo podía hablar de tantas películas con y sobre ríos, y nombrar Lisboa entre las ciudades con río, y no mencionar la película sobre Lisboa que tanto ha significado para uno desde la primera vez, después de viajar a Madrid expresamente para verla cuando la estrenaron en los Alphaville aquel mes de julio de 1983, y hasta hoy mismo. Cómo podía silenciar En la ciudad blanca. Nosotros, que la quisimos tanto, sólo le faltó añadir.


En realidad, algunas películas habitan en el silencio del corazón, escondidas en un bolsillo de tiempo primordial, cobijadas en la oscuridad del cine interior, a resguardo de los relojes y de la erosión del desencanto, allí donde alumbra la llama frágil de una promesa que nunca traicionaremos, ésa que alumbra en las horas negras del desaliento, la última certeza y el último refugio En la ciudad blanca. Tengo para mí unas pocas películas así y no sé bien cómo traerlas aquí, iluminarlas, es decir, sacarlas a la luz, sin quemarlas o empañarlas o quebrarlas, de tan leves y diáfanas y cristalinas. No sé cómo escribir sobre esas películas sin arañarlas, de tan delicada belleza. El amigo Diomedes Díaz se alía con Ángeles -tanto les gusta En la ciudad blanca- y sugiere con arisca ironía  que estos dos años de escuela quizá me hayan servido para aprender a escribir sobre una película que sigue hablándome con tan íntimas resonancias. Quién sabe, remacha Ángeles, deberías probar. Y estos días pasados me ha tirado de la lengua para que hablara de En la ciudad blanca, sólo por probarme, y para probarme que podía.


¿Cómo decirlo? Lo diré de la forma más directa: En la ciudad blanca es una de esas películas que uno hubiera deseado hacer, que dice lo que uno hubiera querido decir, que destila una experiencia del tiempo que uno hubiera anhelado decantar. Es de esas películas que sientes que otro -un semejante, una alma gemela- ha hecho por ti. Es de esas películas que no vienen a ti, sino que parecen salir de uno. En la ciudad blanca es de ese cine que nos mira. Desde luego pocas películas me han visto tan bien y me han remontado hasta las nacientes de la sensibilidad. Ángeles recuerda que durante años no había mes que no habláramos de En la ciudad blanca, aún siente debilidad por aquel Bruno Ganz, el Paul de la película, y no olvida que yo no paraba de hablar de Teresa Madruga, la Rosa de la ciudad blanca, la chica del Bar Inglés de la que se enamoraba Paul, el marinero suízo varado en Lisboa. Quizá hay otra razón para que En la ciudad blanca significara tanto en aquel 1983, a esas alturas el cine ya era la única causa con la que me sentía comprometido, la única causa que merecía la pena y podía defender; cuando se fraguaba la derrota del presente, En la ciudad blanca representaba una hermosa trinchera en los combates del cine por venir.


Casi nadie se acuerda ya de Alain Tanner. Le debo este cineasta a Manolo González, recuerdo como si fuera ayer el día que volvió a Valencia -donde hacíamos la mili- después de haber visto en Madrid Jonás, que cumplirá 25 años el año 2000 (1976), aprovechando un permiso. Se pasó horas hablándome de la película cuyo guión Alain Tanner escribió con John Berger, ya habían colaborado en La salamandra (1971) y Le milieu du monde (1974), pero a John Berger no le presté atención hasta que el maestro me recomendó que leyera Puerca tierra y me puso al tanto del crítico de arte y escritor que era, yo sólo lo recordaba como guionista de Jonás..., el único escritor con el que Tanner trabajó a gusto: Creo que nos complementábamos muy bien, porque lo que él ponía sobre la mesa -y pone mucho- podía transformarse con mucha rapidez en mi cabeza en imágenes de rodaje. No tenía necesidad de 'adaptar', y a partir de los fragmentos de texto que entre los dos poníamos en la cesta, los diálogos se derivaban con mucha naturalidad para mí, que los tenía que escribir.

John Berger

La colaboración de Tanner con Berger, acreditada o no en las películas -si no escribían juntos el guión, conversaban mucho sobre las ideas que el cineasta iba a desgranar en su siguiente película-, se venía desarrollando desde mediados de los sesenta y llegó a su culminación en Jonás... En aquella época, John Berger vivía ya en la Alta Saboya y Tanner podía verlo a menudo: Trabajamos mucho juntos. Fui hasta allí cada dos días durante más o menos un mes. No podía hacerlo todos los días, porque él trabajaba deprisa y yo lo hacía más despacio, así que me tomaba un día durante el que estudiaba lo que habíamos hecho la víspera. Tenía ganas de hacer un inventario de las expresiones ideológicas que culminaron en 1968 e iban cuesta abajo en 1975. Pensé que necesitaba varios personajes, para que cada uno de ellos encarnara una de esas expresiones. Elegí entonces ocho personajes, ocho actores, por su aspecto o su personalidad, antes de seguir adelante. Luego le mostré las fotos de los actores. De ahí partimos. Su aportación fue fundamental. En el guión inicial hay más cosas suyas que mías, aunque yo escribiera los diálogos después. Todo eso nos llevó unos ocho meses. Después de Jonás..., se separaron. Berger cree que fue mejor así: No creo que hubiéramos podido hacer juntos una película mejor, y corríamos el peligro de repetirnos. Además, Alain estaba más interesado en hacer películas más experimentales en su estructura narrativa. Para Tanner, Jonás... representaba, en un sentido profundo, el fin de una época. Os dejó aquí una de las escenas memorables de la película, que puede verse como una clase magistral de John Berger titulada, pongamos por caso, "El capitalismo, las morcillas y el tiempo",y también como unos apuntes -o un esbozo- del Epílogo histórico -que podéis leer aquí casi completo- a los relatos de Puerca tierra:

          

Si tuviera que elegir tres películas que cuentan, desde dentro y con conocimiento de causa, el reflujo de la militancia izquierdista de los setenta -que en España se produciría en los primeros ochenta-, el estado de las cosas y el estado de ánimo de aquellos años, una sería Milestones (1975) de Robert Kramer, otra En el curso del tiempo (1976) de Wim Wenders, y Jonás... de Alain Tanner; por ese orden y en funciones corridas, como llamaban en México a la sesión continua. Como la filmografía de Wenders, también la de Tanner la descubrimos de forma desordenada y ambos se convirtieron en cineastas esenciales para nosotros, no los únicos, pero eran de aquéllos que sentíamos más próximos y veíamos el cine a través de su mirada. Las películas suyas que más amamos las hicieron en los diez años que van entre 1974 y 1984. De alguna forma, aquellos filmes hablaban de nuestra propia experiencia, más aún, eran los filmes que necesitábamos, eran, por así decir, nuestro cine. Creo que nunca volví a sentir algo así con ninguna película hasta Sans soleil (1982) de Chris Maker y  Yi yi (2000) de Edward Yang. Como En la ciudad blanca de Tanner.


Ya casi nadie se acuerda de Tanner pero hay quien dice que toda una generación se enamoró de Lisboa viendo En la ciudad blanca, no sé si tanto, pero desde luego muchos cinéfilos sí y peregrinaron para ver el reloj que anda al revés en el Bar Inglés del Cais do Sodré como Paul y quién sabe, bueno, quién sabe no, seguro que para encontrarse con el fantasma de Rosa, y para recorrer las calles adoquinadas, las escaleras de la Alfama y la Mouraría, las callejas del Bairro Alto entre paredes desconchadas y bajo los tendales con sábanas que cobran visos de olas... La ciudad blanca, donde los taxis aún son negros y verdes, y que parece aguantar en pie de milagro.


Quien sí se acuerda también es Pepe Coira, a menudo volvemos a algunas escenas de En la ciudad blanca, o ni siquiera escenas, nos bastan algunos planos y siempre acabamos en ése que nos gusta tanto, con la cortina del cuarto de Paul mecida por el viento, un plano donde late el tiempo suspendido que declina la película. Quien también se acordaba era el maestro y no pocas veces hemos paseado por Tui y perdido la mirada en el río rememorando a Teresa Madruga con su vestido negro de verano; Ángeles anota que durante alguna temporada fuimos un tanto monotemáticos al respecto.


En la ciudad blanca es una obra de madurez con la forma de una opera prima. Como si Tanner se reinventara como cineasta, como si redescubriera la forma de mirar las cosas, como si filmara por primera vez. Pero de un tiempo a esta parte, quizá por la melancolía que desprende, el poso de tristeza que deja y el aire de luz última, la veo como un testamento, como si Tanner filmara por última vez y palpáramos su pasión por ensayar lo inesperado. Y, bien mirado, creo que En la ciudad blanca conjuga ambas tonalidades y que el curso del tiempo propicia  la exaltación o la nostalgia en nuestra visión de la película donde conviven dos texturas fílmicas, las imágenes en 35 mm filmadas por Acácio de Almeida y las imágenes de super-8 filmadas a 18 fotogramas por segundo por Alain Tanner y Bruno Ganz y proyectadas en 35 mmm a 24 fotogramas por segundo, que contribuyen a transfigurar la aprehensión de la ciudad blanca por Paul al que vemos rodando con su cámara de super-8 por los Cais, las calles, desde un tranvía..., poseído por la alegría de ver, de atrapar los ritmos, las vibraciones, el pálpito, la rugosidad de la piel de la ciudad.


Una alegría que le invadía al propio Tanner al rodar su película portuguesa, el goce de rodar en Lisboa que se convirtió en la ciudad más amada por el cineasta. De la fricción entre las diferentes texturas de los planos aflora el lirismo de En la ciudad blanca. Porque, digámoslo ya, sería una pérdida de tiempo buscar en la película de Tanner una estructura dramática, y el hilo narrativo -tan leve, sencillo y lineal- enhebra un poema fílmico, o lo anida, y cuando termina En la ciudad blanca, ya no recordamos el nido o el pájaro, sólo queda en nosotros la memoria de la fugaz maravilla alada en una burbuja de tiempo suspendido.

Alain Tanner, con la cámara super-8, 
en el rodaje de En la ciudad blanca

Le debemos la ciudad blanca a Paulo Branco, el productor de la película, que le sugirió a Alain Tanner la posibilidad de rodar en Lisboa. La película portuguesa se convirtió para Tanner en un sueño íntimo que encontró cobijo en una ciudad real. En Lisboa, encontró Tanner el cauce para dar forma al cine que anhelaba desde Jonás… Un cine entendido como hecho topográfico y lumínico, amasado con la pasta de lo inmediato, del presente; una materia que no hay que filmar sino más bien decantar en el proceso de filmación, es decir, que no existe previamente a su aprehensión por la cámara, que sólo se revela mientras la cámara captura el aire del tiempo presente que fluye en un lugar concreto, la visibilidad de los cuerpos y las cosas. En definitiva, un cine más libre. Tanner dijo alguna vez que el cine necesita más pintores y poetas que novelistas, pues bien, En la ciudad blanca es la obra de un cineasta poeta y pintor de Lisboa. Una película pequeña -un equipo de doce personas, dos actores principales y media docena de secundarios- y un guión mínimo: he ahí los mimbres de la película portuguesa que representa una encrucijada primordial del cine de Tanner  y cuya misteriosa vibración jamás pudo volver a capturar. Ni tan fugitiva belleza. En ese sentido, En la ciudad blanca deviene una película única, una experiencia irrepetible, que cuidamos en la memoria como cobijamos con la mano una frágil candela. No nos extraña, entonces, que sea la película suya que prefiere el cineasta.


Tanner rodó En la ciudad blanca sin un guión previo, apenas contaba con un esbozo de tres páginas que, asegura, enseguida dejó de lado. Paulo Branco, el productor, confirma que no había un guión, apenas una sinopsis de cinco páginas cuando Antonio Vaz de Silva y él le dieron a Tanner la total garantía de que podía hacer En la ciudad blanca  y que su contribución a esa fuga -que representa el filme para el cineasta- consistió en ofrecerle un proyecto que pudiera abordar al margen de los cánones habituales de producción. Quizá ni siquiera había estas cinco ni aquellas tres páginas. Acácio de Almeida, el director de fotografía, asegura que el cineasta le pasó una página mecanografiada donde se sintetizaban los propósitos de la película en media docena de líneas: se rodaría cronológicamente, los diálogos se escribirían día a día y cada secuencia determinaría el curso de las siguientes.

He caminado mucho. Cuando camino mucho, 
pienso en cosas, y siempre en cosas muy interesantes. 
Sólo he pensado en tile dice Paul a Rosa en la escena de 
En la ciudad blanca a la que pertenece este fotograma.

Teresa Madruga, la protagonista con Bruno Ganz, cuenta que, cuando aceptó el papel de Rosa, Tanner sólo le había dado la sinopsis de la película en una página, aunque -precisa- el resultado del filme es rigurosamente fiel a esa síntesis. Quizá existieron aquellas tres y cinco, y estas una y una páginas, materiales que Tanner iba elaborando desde el momento que vino a Lisboa y se enamoró de la ciudad, o mejor, de hacer una película en la ciudad blanca, o soñó con hacerla. Soñé que la ciudad era blanca... le escuchamos a Paul (Bruno Ganz), un alter ego del cineasta, como cada Paul de las películas de Tanner. Escribíamos en el último momento -ha recordado el director-, mientras los técnicos preparaban los planos. Quise inspirarme en las personas y en las circunstancias, en la luz, en el propio momento en que estábamos trabajando. (...) Me gusta comenzar con ideas claras pero durante el rodaje hay que tener la capacidad de adaptarse a aquello que está delante de la cámara. Para mí éste es el momento en que la creación realmente existe. Tanner soñó y encontró unos actores y un equipo cómplices a la hora de soñar y materializar el mismo sueño de hacer una película, con mucha calma y buen humor -en eso coinciden todos los testimonios-, en el curso del tiempo vivido en Lisboa, una experiencia fílmica caligrafiada con travellings y ventanas.

Teresa Madruga y Alain Tanner 
en el rodaje de En la ciudad blanca

Los que no visteis En la ciudad blanca quizá os preguntéis qué cuenta. Y si no la visteis, no la veáis doblada, con esta película el doblaje resulta más criminal si cabe; para hacerse una idea del atentado bastan estas líneas que escribió Claire Devarrieux en la reseña de Le Monde cuando se estrenó: Paul compra en inglés, ama en francés, escribe en alemán y se busca la vida en portugués... Ahora volvamos a lo que cuenta la película. Veréis, si contáis el Romance del prisionero -aquel que empieza Que por mayo era, por mayo...- tampoco contaréis gran cosa, pero si lo leéis, ah, entonces... Pues lo mismo En la ciudad blanca, una cosa es contarla y otra vivirla..., pero algo os contaré.



Paul es el jefe de máquinas en un mercante, pero no trabaja en un barco -aclara- sino en una fábrica flotante, y, aprovechando una escala en Lisboa, deserta; se siente perdido y se pierde en la ciudad blanca, se enamora de Rosa, la empleada de la pensión donde alquila un cuarto -Me he quedado por tí... y también por mí-, pero ni Rosa lo ata a Lisboa ni el amor le procura encontrarse a sí mismo, porque su desencuentro es mucho más profundo -me gustaría aprender de nuevo a hablar sobre las cosas- y más recóndita la soledad que lo embarga. Mientras, deambula por Lisboa y las riberas del Tejo, filma la ciudad y le envía las películas a su mujer que vive en una ciudad en las riberas de otro río -el Rhin-, y le escribe cartas desde su cuarto, varado en un laberinto de tiempo suspendido...


Y cuando le roban la cartera y se queda sin dinero y Rosa le pregunta qué va a hacer, Paul coge la cámara de super-8 y empieza a filmarla en la cama: Voy a hacer una película de amor...



Paul llega a Lisboa desde el mar, como Ricardo Reis en la novela de Saramago, como recomendaba Pessoa a los turistas en aquel texto encontrado a la muerte del poeta entre los papeles de su famoso baúl, Lisboa, o que o turista deve ver. Tanto Pessoa -en Mensagem- como Camôes -en Os Lusíadas- se hacen eco de la fundación mítica de Lisboa por Ulises. Y Dante en el Infierno de su Divina Comedia cuenta que Ulises no regresa a Itaca sino que cruza las columnas de Hércules y un temporal lo hace naufragar. Y algo hay de Ulises en Paul, varado en una frontera entre el mar y Europa, habitando un estado liminal propicio a los ritos de paso, un espacio fantasmal donde las aguas -el fluir del río- remite a una experiencia melancólica asociada a una muerte esencial, como nos sugiere Gaston Bachelard en El agua y los sueños. Como Tanner su cine, también Paul ha de reinventar su vida, ha de volver a encontrar el lenguaje que le permita traducir el mundo, porque sólo a través del lenguaje podrá ser y recuperar su historia: su memoria y su mirada.


Por eso Rosa teme el abismo que se le abre en el amor de Paul, quiere saber quién es ese marinero perdido en Lisboa, como un Nadie/Ulises que borrara Itaca de su pasado. Paul le cuenta a Rosa que el capitán de un barco dijo que era un axolotl, pero no sabe qué es un axolotl, si será un pájaro o un árbol, le gusta pensar que es un árbol.

Un axolotl

Poco después, Paul recibe una carta de su mujer con un fragmento de Axolotl, el cuento de Cortázar que empieza con estas líneas: Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardin des Plants y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl. Y Paul en Lisboa lee el fragmento del cuento de Cortázar de la carta de su mujer: Fue su quietud lo que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. (...) Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl.

1982. Mientras Alain Tanner preparaba
En la ciudad blanca en Lisboa, 
Julio Cortázar -en la foto-
viajaba con Carol Dunlop 
por la autopista entre París y Marsella, 
un itinerario vertido en 
Los autonautas de la cosmopista
su último libro 

Como los axolotl, también Paul se queda quieto por más que deambule por Lisboa, y herido por el tiempo de los calendarios, se refugia en una ciudad blanca de tiempo interrumpido, porque, como escribe Cortázar en el cuento, el tiempo se siente menos si nos estamos quietos. Por así decir, Paul vuelve a la clandestinidad para recuperar el sentido de las cosas o, al menos, para recuperar el impulso de volver al mundo de las cosas que fluyen. Para esperar a que escampe. Cuando Paul llega a Lisboa y entra en el bar donde encuentra a Rosa, se fija en el reloj cuyas agujas giran en sentido contrario, bueno, no son sólo las agujas, todo el reloj está al revés, pero la chica le aclara, que el reloj anda bien, quien va al revés es el mundo. La ciudad blanca es un revés de ese mundo y Paul comprende que si todos los relojes fueran al revés el mundo andaría bien. Como Lisboa. Pero no es tan fácil. La experiencia de la ciudad blanca no garantiza un aprendizaje inmediato: No sé más  que antes, le escribe Paul a su mujer en la última carta. Pero -otra vez Ulises o el marinero que Tanner fue antes que cineasta- sí sabe que la única patria que amo en realidad es el mar. Por eso, cuando En la ciudad blanca toca a su fin, cuando Lisboa acaba, sólo queda el mar. Y la memoria de la belleza fugitiva.


En la ciudad blanca la siento como una feliz conjugación del ojo y la mano, de la mirada y el hecho de filmar, de la línea y la mancha, de la textura y el color, de la sensualidad y el lirismo, de la plástica y la emoción, de la memoria y el cine. Y recuerdo lo que le escuchamos decir a Manoel de Oliveira en Lisbon Story (1994) la película de Wim Wenders sobre Lisboa: La única cosa verdadera es la memoria. En el cine la cámara puede fijar un momento, pero ese momento ya pasó. En el fondo, lo que el cine trae son fantasmas de ese momento. Y ya no tenemos la certeza de si ese momento existió fuera de la película o la película es una garantía de la existencia de ese momento. Por eso cada vez que hemos vuelto a Lisboa después de ver En la ciudad blanca, más que verla -o además de verla- la hemos re-filmado, porque era nuestra manera de recordar a Paul y a Rosa, nuestros queridos fantasmas.

Montaje con fotogramas de En la ciudad blanca

Y por qué no decirlo, En la ciudad blanca es la más hermosa película sobre Lisboa, donde no sólo representa la topografía emocional, sino que es un personaje, el tercer vértice del triángulo con Paul y Rosa. En la ciudad blanca no muestra monumentos de Lisboa, sólo un paisaje de la memoria y la encrucijada física de un viaje interior. Qué mejor tributo se le puede rendir a Lisboa sino con una película sobre alguien que no puede abandonarla y que, para irse, sólo puede volver al mar. Nadie se va de Lisboa después de ir a Lisboa.


http://www.laescueladelosdomingos.com/

viernes, 30 de septiembre de 2022

Euromillones

Mi proyecto de futuro es dejar de trabajar. 

Todos los viernes hago dos apuestas en el euromillones, una con los números que Paola decidió con su amiga Esmeralda y otra automática. A veces me dicen que son 50 millones o 100 millones o 180 millones. El premio más grande de la historia del euromillones fue 220 millones el 15 de Octubre de 2021. Yo como no sé pensar en millones, todo me parece lo mismo, todo está bien y todo es suficiente. 

No consigo comprender lo que hay entre los 20 y los 220 millones. Sobre todo, no entiendo donde estoy yo en ese rango. Una cantidad exagerada de dinero por los cinco euros que cuestan dos apuestas, me parece infinitamente justo en el caso que me toque el euromillones. 

Al menos, durante un par de horas, que es lo tengo desde que pago mi apuesta en el puesto de loterías y lo que tardo en comprobar que no soy rico, porque nunca me va a tocar el premio. Durante ese tiempo vivo esperanzado y no me preocupa nada. Pienso que a la mañana siguiente todo será de otra manera y todo estará para mí. Es por eso que solo juego los viernes, porque los viernes es más fácil ser rico durante un par de horas.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Cansado de escribir me dedico a todo lo demás



Hace quince años la idea era la siguiente: Yo hacía unos dibujos y luego los publicaba en un blog. Después de un tiempo empecé a escribir algo para acompañar estos dibujos y cuanto más dibujaba, más escribía y al poco me parecía que me faltaban dibujos para todo lo que tenía ganas de escribir. 

Escribir empezó a tener tanta importancia que dibujaba cualquier cosa con tal de poder escribir algo debajo del dibujo. Descubrí que si ponía un texto junto a una imagen que no tenía nada que ver con lo que escribía, la potencia del texto y de la imagen aumentaban. Así que empecé a escribir sin mirar al dibujo y a dibujar sin pensar en lo que luego escribiría. 

Esto fue estupendo porque dibujaba sin parar y escribía sin parar. No había ningún plan. Todo salía de forma natural. Decía: Me gusta, lo dibujo. Y luego me ponía frente a un teclado y las palabras salían solas.

Nunca escribí con un plan. El plan era sentarme frente al teclado y ya está, Escribir salía solo, sin pensar y lo que dibujaba era casi lo mismo, no pensaba porqué solo lo dibujaba y después, a veces, averiguaba porque lo hacía.

El dibujo era importante y el texto era importante. Algo en lo que nunca había pensado antes: El texto, la escritura, contar las cosas con palabras, de pronto me parecía tan importante como dibujar. La escritura me proporcionaba en menos tiempo muchas más imágenes que el dibujo.

El texto empezó a ganar importancia.

Luego, poco a poco,  dejé de dibujar porque pensé que no me hacía falta, que era mejor escribir y ya está. Mis libretas se vaciaron de imágenes y se llenaron de letras, mi blog se abandonó. Llegó la sequía. Pronto descubrí que sin dibujar no podía escribir, porque son las imágenes las que tienen el poder, al menos en mi caso. 

Pienso que tengo que dibujar aunque no me apetezca, o dejar de escribir y abandonar, porque nadie te pide que dibujes o que escribas. 

A nadie le importa. Y si es así: 

Cansado de escribir, me dedico a todo lo demás.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Los fuegos metálicos son reacios al agua




El fuego de magnesio es uno de los más conocidos. “No es posible apagar una llama de magnesio introduciéndola en agua, ya que el magnesio robará el oxígeno produciendo hidrógeno y volviendo la llama todavía más violenta”

El trabajo no es un Hobby

 


Los únicos que de verdad quieren trabajar son los que no lo necesitan. 

Esa gente trabaja de la misma forma que va al gimnasio.

Los otros, los que sufren pero quieren ir a trabajar, en realidad lo que quieren es un sueldo y poder disponer del dinero suficiente para poder vivir.

El trabajo no dignifica. El trabajo te destruye.

Godard ha muerto

Godard ha muerto y me siento triste por alguien a quien no conozco, ni pensé conocer, pero que tiene que ver conmigo a pesar de todo. Se muere Godard y se muere una idea o un ideal que tiene que ver conmigo. Es extraño como se asocian los pensamientos a los referentes culturales en la cultura pop.

EGOISTA



Conozco varias personas a las que podría decir: Tu puto egoísmo acabará destruyéndote.

No pienso decir nada a ninguna de estas personas. Me echaré a un lado y esperaré paciente viendo como se acaban por pudrir.

Fuga disociativa


La fuga disociativa se caracteriza por un viaje repentino lejos del hogar o del trabajo, con incapacidad para recordar el pasado y con confusión acerca de la identidad previa.

Estar varado es lo contrario a estar a la deriva. Así me siento. Me siento varado y luego me siento a la deriva. Desde siempre me he sentido así, toda la vida. Muchas veces pensando que la ruta a seguir no estaba en mis mapas.

Prefiero estar a la deriva. En la deriva encuentro salidas sorprendentes. Descubro que todo es nuevo y que tengo que adaptarme a cada momento. Sobrevivir tiene que ver con la cantidad de dinero que puedes conseguir y vivir tiene que ver con lo que haces después de pagar todo lo que tienes que pagar..

No me veo aceptando nada. Siempre con ganas de salir corriendo. Siempre he encontrado el hueco.

Hago lo que hago y hago lo que quiero. Gano mi dinero y con el dinero me permito vivir así, de esta manera. Sin contar con nadie, a la deriva y hasta donde me lleven mis pasos.

Crítica de la víctima



¿Cómo se puede heredar un dolor? Es natural que sufran los hijos, y por extensión los nietos; pero ¿todavía después? Y, en cualquier caso, ¿en nombre de qué deber? Lo absurdo emerge sin duda en cuanto invertimos la perspectiva: ¿alguien sano de mente y de corazón puede prescribir a sus descendientes que sigan sufriendo por él?”

Daniele Giglioli, Crítica de la víctima

La justicia



"La justicia es siempre más o menos así, el código penal ha sido inventado para impedir que los pobres roben a los ricos, y el código civil para permitir que los ricos roben a los pobres."

Emmanuel Carrère

El juicio por los atentados de París

viernes, 16 de septiembre de 2022

La violencia




No hay mayor violencia que la económica. 
El sistema suele ser violento en el momento que nos convierte en bienes económicos: Mano de obra o consumidores.
Normalmente el sistema nos convierte en ambas cosas en distintos porcentajes.

Después te dicen que si eres pobre y no puedes soportar más la presión, todo lo que hagas para manifestar tu rabia o incluso oponerte a la injusticia es violencia.
Yo creo que defender tu casa no es violencia. Violencia es que te la quieran quitar.
Yo creo que defender tu trabajo no es violencia. Violento es un despido para sustituir tu sueldo por uno más barato.
Lo que creo es que la violencia no parte de la respuesta de las clases más bajas sino de la presión de los estados más altos que piensan que hay gente abajo a la que se le puede exigir vivir a pesar de trabajar.

La violencia siempre llega antes de que intentes defenderte.
El derecho civil existe para que las clases más altas se puedan quedar con lo tuyo.
El derecho penal existe para que vayas a la cárcel si intentas defenderte.
De esta manera la violencia siempre permanecerá en las clases más bajas.

Matar al fuerte



"Imaginemos el caso de dos vecinos, cada uno de los cuales posee al principio la misma cantidad de tierras, pero uno de ellos es más poderoso que el otro. El poderoso demanda un trozo de tierra del otro. El débil se niega. El poderoso dice, «Muy bien, lleguemos a un acuerdo. Dame la mitad de lo que te he pedido». El débil tiene pocas alternativas más allá de ceder. Un tiempo después el vecino poderoso demanda otro trozo de tierra, otra vez hay un acuerdo, y así sucesivamente. Forzando a una larga serie de compromisos, el poderoso finalmente consigue todas las tierras. Así funciona el conflicto entre el sistema industrial y la libertad. Supongamos ahora que el vecino poderoso cae enfermo, por lo que es incapaz de defenderse. Si el vecino débil deja sobrevivir al vecino poderoso y se limita a obligarle a que le devuelva sus tierras, es un mentecato, porque cuando el hombre fuerte se recupere volverá a quedárselas todas para él. La única alternativa sensata para el hombre débil es matar al fuerte mientras tiene una oportunidad. Del mismo modo, mientras el sistema industrial está enfermo debemos destruirlo."

-Theodore J. Kaczynski, La sociedad industrial y su futuro

Pues habrá que quemarlo todo


Ella dice:
 "Pues habrá que quemarlo todo"

Solo tengo tiempo para el amor

 


La primera fue la expulsión del paraíso. A partir de ahí todos los paraísos fueron perdidos.

Ahora trato de tirar para adelante cargando con un montón de responsabilidades que me corresponden sin saber muy bien porqué. Condenado fuera del paraíso, con problemas mundanos que tienen que ver con el dinero la mayoría de las veces.

Creo que el dinero no es tan importante, pero cuando lo debes y no lo tienes todas tus energías se vuelcan en conseguirlo. Pasan las semanas y los años y piensas que todo lo que has hecho gira en torno al dinero, ganar dinero, pagar, seguir mirando cómo conseguirlo y seguir pagando. 

Solo los pobres necesitan dinero. Los ricos no lo necesitan. Los ricos disponen del dinero.

Si tu tiempo es esto, tu cuerpo termina siendo más parecido a una máquina que a un ser vivo. El cuerpo cambia y se retuerce en favor de la función en la que se convierte en productivo. Cuanto más duro sea el trabajo más retorcido terminan los cuerpos con los años. A la larga el trabajo te enferma y a veces te mata.

Sólo me encuentro vivo cuando tengo tiempo para estar, ser y no hacer nada o caminar o nadar o hacer deporte o leer o cualquier actividad que no tenga que ver con el dinero. Todo lo que no tiene que ver con pensar en conseguir dinero es no trabajar.

Me gustaría pensar que solo tengo tiempo para el amor, pero no es verdad. Cada vez tengo menos tiempo para el amor. 

Lo peor de todo es que cada vez tengo menos fuerzas para trabajar y pienso que esas mismas fuerzas son las que necesito para el amor.