Ahora soy un Anarquista
Ahora soy el anticristo.
La realidad se ha convertido en algo sobre lo que opinar a través de las redes sociales. De igual manera, hace tiempo que se ha decidido que lo que no se ha fotografiado no existe.
La vida y la historia es un espectáculo especulativo. Porque lo que no se muestra y no se opina, no existe.
Voy al Thyssen y paso la mañana mirando un cuadro, luego otro cuadro y luego otro. Me siento en pausa, arrebatado, suspendido en el tiempo. Paso la mañana sin pensar en ninguna otra cosa fuera de este lugar o en si me lleva más tiempo una pintura que otra. Simplemente disfruto de la mirada y siento como mis pupilas se dilatan ante el asombro.
La acumulación de pinturas asombrosas es tal, que renuncio a intentar entender cómo han sido realizadas o el contexto de la obra o cualquier cosa que proporcione datos más allá que el autor y el título y la pura experiencia de la contemplación. No quiero saber nada que relativice mi experiencia, a la vez que soy consciente de que precisamente mi conocimiento sobre lo que estoy viendo es lo que me arrebata la mirada y sublima la experiencia.
Vuelvo insistentemente a visitar este tipo de museos, los que muestran sobre todo pinturas. También visito todo tipo de exposiciones, siempre que puedo, todas las que puedo. Pero prefiero la pintura. La pintura me llega mucho más adentro. La pintura se alinea con mi mirada y se alinea con mi alma. Es lo más parecido, que conozco, a la religión.
La pintura me enseña que si sales de casa y te das un paseo y luego te sientas a mirar el mundo, lo que vas a mirar es asombroso. Siempre.
Todos los hijosdeputa del mundo se llenan la boca con palabras como Libertad, Paz o Justicia. Son palabras bonitas que no significan lo mismo para los que sufren que para los que oprimen. Estos hijosdeputa utilizan este tipo de palabras como un ataque, un insulto o un desafío cuando en realidad deberían ser palabras conciliadoras. La sensación es que el mundo se está convirtiendo en un lugar oscuro donde las palabras que nos salvan empiezan a desaparecer.
Dios no es otra cosa que una necesidad.
Entiendo la necesidad del dios de los que entran en la cárcel o el dios de los que necesitan salir de las drogas o la bebida. Dioses que te ayudan a no suicidarte o a superar una perdida o una depresión. Dios es la idea que ayuda a salir de problemas que no parecen tener solución. Dios no es una sola cosa sino una idea diferente por cada persona que lo necesita de verdad. La necesidad construye los dioses como una medicina del alma.
¿Es una mentira que te ayuda a seguir? Bueno, pues quien soy yo para juzgarlo.
Luego están los que van a misa o practican cualquier religión sin más, por costumbre, por educación o porque para ellos sí existe un mismo dios común. Dios es el mismo para quien no lo necesita: Una estampita o una imagen en procesión o un cristo sobre la cama. En realidad esta gente que cree en ese dios común, no cree demasiado. Sólo son de esa manera y ya está.
Yo no creo en dios y tampoco me ha hecho falta nunca, pero entiendo a quién le hace falta, igual que entiendo a quien supera lo insuperable de cualquier otra manera.
Lo que me molesta es esa otra gente: Católicos apostólicos y romanos que no moverían un dedo por nadie que lo necesitase, carentes totales de humanidad, pero que te predican sin parar porque piensan que su fe les hace moralmente superiores a ti o al resto. Conozco mucha gente así. No son todos los católicos o musulmanes o judíos o lo que sean, pero sí son muchos.
Yo soy artista, imagino que la salvación de mi espíritu se encuentra en otro orden de cosas. No puedo decir nada malo de otras necesidades diferentes a las mías. Yo no estoy en un plano superior, solo que tengo mi fe puesta en otro sitio, en la pintura o en la palabra o en un lugar donde estoy sólo y escuchando las necesidades de mi cuerpo, o caminando. A veces ese lugar es el estudio, el taller, la pantalla de mi ordenador mientras escribo o el sonido de mis auriculares llenos de música mientras me siento suspendido en el tiempo.
Esta noche ninguna estrella brillará sobre mi y con suerte me acompañará el silbido del viento entre los chopos detrás de la casa. Casi no hay sombra que me siga, pero por si acaso apagarás las luces y te moverás a solas por toda la casa sin mirar atrás. Luego más tarde, para dormir no harás el gesto de quitarte, la sombra, de los hombros.
¿Qué será esto? ¿La tristeza? Quizás Sí. Quizás sea la tristeza.
Esa vieja canción que sabes de memoria. Que se va repitiendo. Deja que se repita. Y déjala que vuelva a suceder de nuevo. Y que suene también en la hora de la muerte. Como agradecimiento de los ojos y labios hacia aquello distante que a veces nos obliga a entrenar la mirada.
Y contemplando el techo, te quedas en silencio: el calcetín, colgado, exhibe su vacío. Entiendes finalmente que tanta mezquindad es solo garantía de que te has hecho viejo.
Que es demasiado tarde para creer en milagros.
Y al alzar tu mirada hacia el oscuro cielo de pronto te das cuenta de que hoy el más sincero regalo eres tú mismo.
Pienso que llegará un día en que solo escuche el silencio de mi decepción.