Viene despacio, en silencio, casi sin levantar los pies, y puedes oír su susurro a tu espalda; sabes que está ahí, a la vuelta de la esquina, esperando a que la mires para golpearte como un tren de carga, encoger tu corazón y dejarte sin lágrimas ni esperanzas, con un sabor amargo que eclipsa el cielo. Incapaz de distinguir entre lo bueno, lo malo o lo mejor que alguna vez tuviste, te alegras de dejar de sentir, pues la amargura ya no entristece; las lágrimas brillan y las lamerás de las mejillas mientras la arrastras río arriba, entre crucifijos y tierras, solo para oírla gritar y liberarla. La dejarías engañarte una y otra vez porque ella es el peligro y tú solo la pluma que desea jugar a fingir, compartir un secreto sin mentiras y poner el alma en sacrificio, mientras el deseo de consumirla viva se mezcla con la oscuridad de la noche, donde una chispa sutil y afilada como una piedra te acompaña. La tarde te esconde pero no te retiene; mientras el frío cala hasta los huesos, la noche te envuelve, tus llantos se embellecen y el silencio se hace fuerte, marcando tu piel con astillas invisibles.













