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domingo, 11 de agosto de 2024

Por qué escribo

No podría explicar por qué escribo. ¿Por qué bebe el alcohólico? Él diría porque no lo puede evitar. Yo tampoco, y como él, no lo considero una desgracia. Es más bien una fatalidad, tomando la expresión en su significado esencial. Tampoco puedo explicar mi estilo; tengo sólo presentimientos en lo que se refiere a él. El estilo nace, o torna, cuando un tema me interesa. Si algo no toca profundamente mi sensibilidad, si no me conmueve entrañablemente, no me interesa y no tengo estilo. Cuando imagino o recojo una historia siento a mis personajes como si ellos fueron yo mismo; inconscientemente los incorporo a mi sangre; sus aventuras son mías; conozco no sólo su ámbito espiritual, sino su cuerpo, sus pensamientos, su soledad; son seres míos como los hijos de mi carne que yo he hecho. Pero, a veces, diría que siempre, tengo la impresión de que el lenguaje, las palabras, se interponen entre ellos y yo, y suprimiendo torrencialmente puntos, comas, explicaciones obvias, descripciones inútiles, los acerco en bloque a mi terror, soy como un ciego debatiéndome entre las alambradas de púa del idioma, entre manos, ojos, pies, bocas, pautas, preceptos, camisas que quieren incorporarme o hundirme, pugnando por salir o, más bien, por acercarme a mis personajes. Tal vez este deseo y esta fiebre dan la sensación de vertiginosidad, de totalidad, a un estilo que quiere abarcarlo todo de una sola vez. Estilo angustioso, acezante no por afán de improvisación, sino por necesidad de profundidad, es decir de realidad. Porque todo arte que no refleja su tiempo presente está condenado a morir mañana o pasado mañana, no atravesará el tiempo, como deseaba Proust para todo arte verdadero. Mi ideal sería llegar a escribir como respiro, con la extrema sencillez que lo hace esa estupenda improvisadora que es la vida.

 “Prólogo” de Los mejores cuentos de Carlos Droguett, Editorial Zig-Zag, 1967.

jueves, 1 de agosto de 2024

LOS LIBROS SON ARMAS QUE EXPLOTAN


Yo siempre he pensado que, el ser escritor, en mi caso, y el ser hombre, son cosas que no son separables en este mundo, ni en otro mundo, son en términos médicos inoperables. Se es escritor en cuanto hombre y se es hombre en cuanto escritor. Ese es mi punto de vista, y ese era mi punto de vista cuando yo era mucho más ignorante que ahora, y muchísimo más joven que ahora. Recuerdo desde mi época de estudiante de humanidades y aun de mi época de infancia, que yo me enfrentaba al mundo sin darme cuenta por supuesto, y ahora intuyo que era así, como un probable tema, como un tema que me era obligatorio tratar o recoger, y por supuesto hacer lo posible por expresarlo con autenticidad, con veracidad, sin mentiras. No sé si usted se acaba de referir en su larga pregunta, y si no lo recuerdo, está bueno que ya se vaya diciendo, que yo siempre he pensando que toda novela es realista, que sólo existe la literatura realista. Es decir, la literatura extraída de la vida, la literatura que es expresión de la vida y que no es fuga de la vida; que no es una tergiversación de la felicidad, de la desgracia, la alegría, de la aventura, de la desventura. En ese sentido, tal vez usted tenga razón, al decir que en mis novelas mis personajes aparecen como seres golpeados por el destino, o por los hombres que manejan este destino, por la naturaleza o por los hombres que se aprovechan de la naturaleza […] El escritor se transforma en bomba, porque para mí la palabra es una explosión. Para mí si los militares, los gorilas matan a los escritores o queman sus libros están procediendo de acuerdo a su sicología de gorilas, porque un libro es en realidad un arma peligrosa.

“Los libros son armas que explotan”, entrevista clandestina (05 de julio de 1975) recogida en el libro Sobre la ausencia, edición de Roberto Contreras, Lanzallamas Libros, 2009.

Patas de perro


Escribo para olvidar, esto es un hecho, necesito meter un poco de tranquilidad en mi alma, necesito descansar, necesito dormir, Dios sabe, sólo Dios sabe que hace diez meses que no duermo, aunque él tampoco dormía, bien lo recuerdo. No puedo dormir, no puedo olvidar, no puedo olvidarlo, sólo por eso escribo, para echarlo de mi memoria, para borrarlo de mi corazón, tal vez después decida morirme o no vivir, porque él, su figura menuda y pálida, con ese aspecto sucio del sufrimiento, era lo único que me ataba a este mundo, a esta silla, a este trozo de madera en que escribo, pero lo olvidaré, escribo para olvidarlo, sé que lo destruiré totalmente, como él me destruyó sólo con salir corriendo aquella tarde. Él bien sabía que yo lo necesitaba, sabía, como lo sé yo y me lo digo a veces, que él me necesitaba, que yo era su mundo, como él era el mío. ¿Por qué salió huyendo, entonces, sin siquiera entregarme su mano, sin rozar su rostro fugaz, su puñado asustado de pecas contra mi barba canosa? Yo sabía que él estaba llorando ahí afuera, lo presentía, más bien, mientras sentía mis propias lágrimas, días más tarde creía oírlo sollozar todavía en el suelo frío de la cocina, ahí, en ese rincón amable que él limpió con el roce de sus piernas durante muchas noches. Llegó como se fue, sin motivo, sin explicaciones, casi sin lágrimas, sin sollozos, una soledad lo trajo y otra soledad se lo llevó, me he quedado solo, completamente solo, porque ahí está el gastado rincón de baldosas donde dormía, pues nunca quiso usar la cama que juntos fuimos a comprar a la feria, ahí está su plato, duro y hostil de puro inservible, como si él jamás hubiera pasado por el pasadizo, golpeado la puerta de la calle […] Claro que en momentos de calma, en las tardes antes de comer, los domingos por la mañana cuando regresábamos del matadero, me contaba su preferencia por los perros, por mirarlos, por verlos caminar, por observarlos cuando, al encontrarse una piara de perros vagabundos en la calle, se huelen con fruición, con verdadera ciencia y verdadero arte, abarcándose totalmente, reconociéndose, recordándose, sin gruñir, sin mostrarse los dientes, sólo esgrimiendo los olfatos como una lupa para buscarse y encontrarse y recordar calles, plazas, basurales, conventillos, zaguanes, cementerios, huertos, mendigos, ciegos, refugios, hospitales, líneas de tren, orillas de río, casas cerradas, puertas cerradas, ventanas cerradas, cerrojos, candados, cadenas, alambradas, espinares, collares, lazos, bozales, balas, botas, laques, cuerdas, horcas, insultos, escándalos, maldiciones, trozos de pan duro, toses, llantos, aullidos, nubes, lloviznas, barro, ciudades, aldeas, humos que se van volando, humaredas, llamas que se arrastran, gritos, insultos, alaridos, rezos, procesiones, banderas, lavaza, ollas, huesos, huesos, hocicos abiertos, colas que se van huyendo, patas que se van cojeando, tarros, vidrios, sangre, ropas mojadas, ropas duras, esqueletos, arañas, gallinas, gallos violentos, hombres furiosos, mujeres lúbricas, dormitorios, espejos, leche, leche, papeles, papeles oliendo a carne, papeles oliendo a pescado, papeles oliendo a remedio, vino, borrachos, pacos, pitidos, sirenas, bomberos, escombros, derrumbes, ayes solitarios, gritos sin boca, cuerdas sin perro, balas sin revólver, zapatos, zapatos, zapatos, pies desnudos, gatos, gatos engrifados, viejas engrifadas, escobas, moribundos, camisas de dormir, duelos, guitarras, bailes, guaguas en el suelo, guaguas en el cementerio, frailes, frascos, luces, campanas, campanillas, palmatorias, velas encendidas, velas apagadas, cerros, cerros, cerros, calles solas, árboles, árboles rotos, árboles aplastados, potreros, ahí se separan, unos tornan a la ciudad, otros tornan a las patadas y los gritos, se van aplastando, se van solos, me explicaba Bobi.

Carlos Droguett
Patas de perro, Editorial Zig-Zag, 1965.