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lunes, 26 de noviembre de 2018
sábado, 7 de noviembre de 2009
Estupor y temblores 4
Y si, extraordinariamente, tu destino se librara de estas prescripciones, sobre todo no deduzcas que has triunfado:deduce que algo has hecho mal. En realidad, muy pronto caerás en la cuenta de tu error, ya que el espejismo de tu victoria sólo puede ser provisional. Y no disfrutes del momento: deja ese error de cálculo para los occidentales. El momento no vale nada, tu vida no vale nada. Nada que dure menos de diez mil años tiene valor alguno.
Si te sirve de consuelo, debes saber que nadie te considera menos inteligente que un hombre. Eres brillante, eso salta a la vista, incluso a la vista de los que tan mal te tratan. Aunque, pensándolo bién, ¿ De verdad te sirve de consuelo? Por lo menos, si te considerasen inferior, tu infierno estaría justificado y podrías librarte de él demostrando, conforme a los preceptos de la lógica, la excelencia de tu cerebro. Sin embargo, te consideran igual, incluso superior: así pues, tu tormento resulta absurdo, y eso significa que no existe el camino para salir de él.
Existe uno, sí. Un único camino al que tienes pleno derecho, a no ser que hayas cometido la estupidez de convertirte al cristianismo: tienes derecho a suicidarte. En Japón, es sabido que el suicidio constituye un acto de gran honor. Y no se te ocurra pensar que el más allá es uno de esos alegres paraísos descritos por los simpáticos occidentales. Nada es tan estupendo en el otro lado. para compensar, piensa en lo que realmente merece la pena: tu reputación póstuma. Si te suicidas, tu reputación será deslumbrante y se convertirá en el orgullo de tus allegados. Ocuparás un lugar de honor en el panteón familiar: ésa constituye la mayor esperanza que puede albergar el ser humano.
También puedes no suicidarte, es cierto. Pero entonces, tarde o temprano, no lo resistirás y cometerás cualquier deshonor: tendrás un amante, o te harás bulímica, o te volverás perezosa, vete tú a saber. Hemos observado que los humanos en general y las mujeres en particular tienen dificultades para vivir durante mucho tiempo sin cometer alguno de esos pecados relacionados con los placeres carnales. Si desconfiamos de esto último, no es por puritanismo: lejos de nosotros esa obsesión americana.
En realidad, vale más evitar el placer porque hace sudar. Y no existe nada más vergonzoso que el sudor. Si comes a grandes bocados tu razón de pasta hirviendo, si te entregas al frenesí del sexo, si pasas el invierno dormitando junto a la estufa, sudarás. y ya nadie podrá dudar de tu vulgaridad.
Entre el suicidio y la transpiración, no lo dudes. Derramar tu sangre es tan admirable como innombrable resulta derramar tu sudor. Si te das muerte, no sudarás nunca más y tu angustia habrá terminado para siempre.
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Amélie Nothomb
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Estupor y temblores 3
Tienes la obligación de tener hijos, a los que tratarás como a dioses hasta los tres años, edad en la que, de repente, los expulsarás del paraiso para alistarlos al servicio militar, que durará desde los tres hasta los dieciocho años y, mas tarde, desde los veinticinco años hasta el día de su muerte. Estás obligada a traer al mundo a seres que serán todavía más infelices en la medida en que en los tres primeros años de su vida les habrían inculcado la noción de felicidad.
¿Te parece horrible? No eres la única en opinar así. Tus semejantes piensan lo mismo desde 1960. Y ya ves de que les ha servido. Muchas de ellas se rebelaron, y quizás tú también te rebeles durante el único periodo libre de tu vida, entre losdieciocho y los veinticinco años. pero, a los veinticinco años, de repente te darás cuenta de que todavía no te has casado y te sentirás avergonzada. Cambiarás tu ropa excéntrica por un aseado vestido, medias blancas y grotescos zapatos de tacón, someterás tu esplendida y lisa cabellera a un lamentable peinado y te sentirás aliviada si alguien - marido o jefe - manifiesta algún deseo hacia ti.
En el caso más que improbable de que te cases por amor, todavía serás más desgraciada, ya que verás sufrir a tu marido. Será mejor que no le ames: eso te permitirá asistir con indiferencia al naufragio de tus ideales, porque tu marido todavía los tendrá. Por ejemplo, le habrían hecho creer que sería amado por una mujer. No obstante, pronto se dará cuenta de que no le amas. ¿Como podrás amar a alguien si tienes un molde de yeso en lugar de corazón? Te han inculcado un espíritu demasiado calculador para poder amar. Si amas a alguien, significa que no te han educado bien. Los primeros días de matrimonio, fingiras toda clase de cosas. Hay que admitir que ninguna mujer finge con tanto taento como tú.
Tu obligación es sacrificarte por los demás. No obstante, no se te ocurra pensar que tu sacrificio hará felices a aquellos por quienes te sacrificas. Eso sólo les permitirá no avergonzarse de ti. No tienes ninguna posiblidad ni de ser feliz ni de hacer feliz a nadie.
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Amélie Nothomb
lunes, 2 de noviembre de 2009
Estupor y temblores 2
Y aquí empieza la interminable procesión de tus estériles deberes. Deberás ser irreprochable, por la simple razón de que es lo mínimo a lo que se puede aspirar. Ser irreprochable sólo te reprotará el ser irreprochable, lo que no constituye ni un orgullo ni mucho menos una fuente de placer.
Me resultaría imposible enumerar todas tus obligaciones, ya que no existe ni un minuto de tu vida que no esté regido por alguna de ellas. Por ejemplo, incluso cuando estés aislada en un retrete por la humilde necesidad de liberar tu vejiga, tendräs la obigación de vigilar que nadie pueda escuchar la melodía de tu arroyo: así pues, deberás tirar de la cadena sin cesar.
¿Tienes hambre? Apenas comas, ya que debes mantenerte delgada, no por el placer de ver cómo la gente se vuelve al paso de tu silueta por la calle - no lo harán -, sino porque resulta vergonzoso tener curvas.
Tienes la obligación de ser hermosa. Si lo consigues, tu belleza no te proporcionará satisfacción alguna. Los únicos halagos que recibirás procederán de los occidentales, y todos sabemos hasta que punto carecen de buen gusto. Si admiras tu propia belleza reflejada en el espejo, que sea por menor y no por placer: ya que tu belleza no te proporcionará más que el pánico a perderla. Si eres guapa, no serás gran cosa; si no eres guapa, serás menos que nada.
Tienes la obligación de casarte, a ser posible antes de los veinticinco años, tu edad de caducidad. Tu marido no te dará amor, salvo que sea un retrasado mental, y ser amada por un retrasado no proporciona felicidad alguna. De todos modos, no te darás cuenta de si te quiere o no. A las dos de la madrugada, un hombre agotado y a menudo borracho regresará para derrumbarse sobre el lecho conyugal, que abandonará a las seis de la mañana sin haberte dicho ni una palabra.
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Amélie Nothomb
Menos que nada
De pequeña, deseaba convertirme en Dios. Enseguida comprendí que era pedir demasiado y agüé con un poco de agua bendita mi vino de misa: sería Jesús. Rápidamente, me di cuenta del exceso de mi ambición y acepté "hacerme" mártir cuando fuera mayor.
Adulta, me propuse ser menos megalómana y trabajar como intérprete en una empresa japonesa. Por desgracia, aquello era demasiado bonito para mí y tuve que descender en el escalafón hasta convertirme en contable. Pero no existía freno para mi fulminante caída social. Así pues, fui destinada a la categoría de menos que nada. Por desgracia - tendría que haberlo sospechado -, menos que nada todavía era demasiado para mí. Y fue entonces cuando recibí mi último destino: limpiadora de retretes.
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Amélie Nothomb
sábado, 24 de octubre de 2009
Estupor y temblores
"No es que la nipona sea una victima, nada más lejos de la realidad. De todas las mujeres del planeta, la nipona no es de las que salen peor paradas. Su poder es considerable: hablo por experiencia.
No: si por algo merece ser admirada la japonesa - y merece serlo - es porque no se suicida. Conspiran contra su ideal desde su más tierna infancia. Moldean su cerebro: "Si a los veinticinco años todavía no te has casado, tendrás una buena razón para sentirte avergonzada", "si sonríes perderas tu distinción", "si tu rostro expresa algún sentimiento, te convertirás en una persona vulgar", "si mencionas la existencia de un solo pelo sobre tu cuerpo, te convertiras en un ser inmundo", "si, en público, un muchacho te da un beso en la mejilla, eres una puta", "si disfrutas comiendo, eres una cerda", "si dormir te produce placer, eres una vaca", etc. Estos preceptos resultarían anecdóticos si no la emprendieran también con la mente.
Porque, en resumidas cuentas, la estocada que, a través de todos estos dogmas incongruentes, se ha asestado a la nipona es que nada bueno debe esperar de la vida. No aspires a disfrutar porque tu placer te destruirá. No aspires a enamorarte porque no mereces que nadie se enamore de ti: los que te amarían te amarían por tu apariencia, nunca por lo que eres. No esperes que la vida te dé algo, porque cada año te quitará algo. Ni siquiera aspires a una cosa tansencilla como alcanzar la tranquilidad, porque no tienes ningún motivo para estar tranquila.
Aspira a trabajar. teniendo en cuenta tu sexo, existen pocas posibilidades de que puedas labrarte una buena educación, pero aspira a servir a tu empresa. Trabajar te hará ganar dinero, el cual no te proporcionará ninguna alegría pero al que eventualmente podrás recurrir, en caso de matrimonio, por ejemplo - porque no serás tan estúpida como para creer que alguien pueda interesarse por ti unicamente por tu valor intrínseco...
Aparte de esto, puedes aspirar a llegar a vieja, lo que, no obstante, carece de interés, y a no conocer el deshonor, lo que constituye un fin en sí mismo. Aquí termina la lista de tus lícitas esperanzas."
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Amélie Nothomb
viernes, 25 de enero de 2008
¿Sabe un perro que va a morir?
"Son los lectores-rana. Constituyen la inmensa mayoría de los lectores humanos y, sin embargo, no descubrí su existencia hasta muy tarde. Soy tan ingenuo. Creía que todo el mundo leía como yo; yo leo igual que como: no significa únicamente que lo necesito, significa sobre todo que entra dentro de mis cálculos y que los modifica. Uno no es el mismo si ha comido morcilla que si ha comido caviar; uno tampoco es el mismo si acaba de leer a Kant (Dios me preserve de hacerlo) o a Queneau. Por supuesto cuando digo “uno” debería decir “yo y algunos más”, ya que la mayoría de gente emerge de Proust o de Simenon sin inmutarse, sin haber perdido ni un ápice de lo que eran antes y sin haber adquirido un ápice de más. Han leído, eso es todo: en el mejor de los casos, saben “de qué se trata”.(…)Uno nunca es el mismo después de leer un libro, aunque sea del modesto Léo Malet: un Léo Malet le cambia a uno. Después de leer a Léo Malet , uno ya no mira a las chicas con impermeable como las miraba antes."...
"Higiene del asesino" de Amélie Nothomb
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