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jueves, 6 de agosto de 2020

Solo



Es como siempre
habías querido
estar
y no podías
hasta que
de repente
lo estás
y entonces
ya no quieres
estar solo
pero claro
quién no quiere
lo que no tiene.


viernes, 29 de mayo de 2020

Llámame


Tu padre se está metiendo coca, tu madre
no te deja estar, y ahora que por fin habías decidido
desechar otros vicios que no fueran
el condenado tabaco y el café.

Llegas a casa, enciendes la T.V.
Trasplantes de hígado, qué comemos,
tensión en Pakistán.
Las enfermedades del recto.
Que lo hagas con control.

Se te ha muerto un amigo de la infancia
de algo que ni siquiera sabes pronunciar.
Se te ha averiado el coche
en pleno atasco. La semana pasada se llevaron
el teléfono, la que viene te van a cortar
la luz.
No puedes pagar el alquiler, trabajas
para un imbécil, y tu mujer te dice que quizá
ya vaya siendo hora de tener un hijo.
Tal vez dos.
Pero ya lo sabes, viejo, que te quiero.
Son cinco duros.
Llámame.

Roger Wolfe

sábado, 6 de diciembre de 2014

HAY INSTANTES QUE VALEN UNA VIDA, AUNQUE NO LO SÉ


En la cama, a media tarde, con todas
las persianas bajadas, leyendo un libro
en la penumbra. Y a mi lado
el tibio aliento
de una mujer dormida.
...

domingo, 30 de noviembre de 2014

EL ORO DEL PLANETA

No puede ser verdad.

Algo tiene que estar fallando.

No puede ser verdad

que todos los demás escritores

estén hablando en la radio

sonriendo ante las cámaras de televisión

ocupando las portadas

de las revistas de cotilleos del gremio

con declaraciones como «Reconozco que soy

un poco impertinente»

sentenciando en tertulias y cenáculos

sobre el cambio de sexo de los ángeles

las costumbres trashumantes en Mongolia

el anunciado fin del terrorismo o de la historia

el enigma extraterrestre de las pirámides

el papel de la mujer en la sociedad

las próximas elecciones presidenciales

los nacimientos

el integrismo islámico

las novedades literarias

gastronómicas

indumentarias

de este otoño-invierno

la pornografía

la pedofilia

la menopausia masculina

la violencia en los medios de locomoción

los negocios del fútbol

la libertad de prensa

el control de la natalidad

los medios de comunicación en el 2050

el código deontológico de los paparazzis

el alcoholismo juvenil

la legalización de la droga

el aborto

la sucesión del Papa

el mito de la cultura

las penúltimas masacres en Argelia

la cotización del dólar

o la caída del marxismo

y yo esté aquí

encerrado entre las cuatro paredes

de mi pánico

y mi locura

haciéndome pajas mentales

con Séneca o Buda o Krishnamurti

o Jesucristo o el mismísimo coñamen

de la ínclita bernarda

en busca

de algún maldito amago de respuesta

que aun en el caso de poder encontrar

no me creería

ni yo.

Algo tiene que estar fallando

porque sencillamente

no puede ser verdad.

Pero si después de todo

resulta que lo es,

me queda al menos

un consuelo:

no me cambiaría

por ellos

ni por todo

el oro

del planeta.

...

Roger Wolfe


(De Cinco años de cama, inédito)

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL INSERSO


Los veía algunas veces en la plaza
que hay al lado de mi casa. Ella andaba
por los setenta y cinco; él debía de andar
más cerca de los ochenta que otra cosa.
(Usaba gafas y solía llevar boina;
tenía una cara afilada y blanca
que me recordaba las últimas fotos
del poeta Jorge Guillén.)
Se reunían en uno de los bancos,
entre la fauna habitual de pensionistas,
yonquis buscándose la vida,
marujas con los pies hinchados
y parados de larga duración.
A ella ya la recordaba
de haberla visto recostada
contra el tronco de un árbol una tarde,
con la falda subida hasta las caderas
y las piernas abiertas, regando las baldosas
con plácidos chorros de orín
que amarilleaban a la luz del sol,
sin que nadie se inmutara.
(Puedo asegurar que en esa plaza
la realidad supera a la ficción.)
El modus operandi del abuelo consistía
en deslizar una huesuda zarpa
entre los botones del vestido de la anciana
y masturbarla con aire ausente y circunspecto,
mirando a un lado y otro para asegurarse
de que nadie los veía. De vez en cuando,
cuando su excitación le superaba,
se inclinaba y aumentaba el ritmo con la diestra
mientras masajeaba con la izquierda
uno de los pechos de su compañera.
La vieja alzaba los ojos, boquiabierta,
sin que pareciera mirar a ninguna par
ni estar sintiendo nada especial,
y hacía muecas que quizá quisiesen dar a entender
la zafiedad de su masturbador.
Hay escenas fuertes —guerras, crímenes,
ejecuciones, imágenes de tortura o brutalidad—
que se supone que se te quedan grabadas
para siempre; y sin embargo
no creo haber visto nada tan exactamente fuerte
como aquello. Me hacía sentir una asquerosa
mezcla de repugnancia y atracción malsana,
un escalofrío realmente difícil de explicar.
Como digo, hace ya tiempo
que no los veo. Quizá se hayan marchado
en busca de climas más propicios para el amor.
Tal vez sigan con sus juegos amatorios
en el oscuro rincón de algún asilo.
Aunque puede que acabaran discutiendo:
la última vez que los vi, eran tres.
Se les había añadido otra anciana
y Guillén tenía que hacer serios esfuerzos
para coordinar la paja simultánea
y mantener además la vigilancia.
De pronto, su consorte original
se levantó del banco
y se alejó —rascándose entre las piernas
para luego olisquearse el dedo—
recriminándole algo en voz alta
al senil donjuán.
Guillén acabó
la sesión frustrada de esa tarde con la carabina
y desde entonces no los he vuelto a ver.
Algo me dice
que los voy a extrañar;

...
Roger Wolfe
(De Cinco años de cama, inédito)

sábado, 20 de septiembre de 2014

NADA DE ESTO TE VIENE EN EL MANUAL



La ducha no funciona.
La sartén convierte en picadillo
lo que se supone que tenía que ser
nuestra comida. Abro el grifo
del fregadero
y me quedo con él en la mano.
El perro está cojo. La mujer
con la que vivo ha terminado
de ponerse mala de los nervios.
El teléfono no deja de sonar.
(He puesto un contestador
y no he conseguido remediar la situación.
Al revés. El que no sigue llamando
se me presenta directamente en casa
sin previo aviso.)
Hace ocho meses que envié
un manuscrito de hace dos años
a un editor. Me dijo
que me enviaría el contrato
y un anticipo. Y todavía
estoy esperando. Tengo
trescientos folios encima de la mesa
que tendría que haber tenido listos
para hace dos meses por lo menos.
Lo que queda
de la cuenta bancaria
está en rojo.
Duermo cuatro horas, si las duermo,
y aun así no parece haber manera
de ponerse al día.
(Y acordarme de Balzac
no me sirve de gran cosa.)
Me duelen los riñones,
la espalda, los ojos, y me duele
hasta la polla, y eso
que tengo suerte últimamente
si la consigo usar para mear.
(Fui al médico y me preguntó
que cómo me ganaba la vida.
Garabateando, le dije.
Quince horas de promedio
delante del ordenador.
Se encogió de hombros y me dijo
que lo más probable
era que acabara ciego
poco antes de llegar
a los cuarenta.
Luego añadió
que en cuanto a lo otro
no le extrañaría nada
que lo del análisis se tratara
de un quiste hidatídico.
Pero que podría
ser peor.)
Y finalmente llego a casa
y el portero
me comunica
que los del ayuntamiento están a punto
de declarar en ruina el edificio.
Y luego suena el teléfono
una vez más
y un bromista me pregunta
que si estoy escribiendo algo últimamente.
Por supuesto, le digo.
Incluso estoy probando una nueva técnica.
¿Una nueva técnica?
Sí, ¿no la conoces?
Se trata de meterte
un bolígrafo en el culo
y luego hacerte una paja
sentado encima de un papel.
No es realmente
nada nuevo.
Pero optimiza el tiempo que da gusto,
y es catártico, además.
Y aunque no parece demasiado
convencido
hay una cosa
que sí puedo garantizar:
con esa clase de respuestas
te los acabas de quitar de encima
de una vez por todas.
Juro que no vuelven a llamar.
En cuanto a las promesas de inmortalidad
garantizada
que te ofrecen sacándote en sus papeles,
hace tiempo que dejé de preocuparme.
A juzgar por las magnas biografías
de los grandes personajes de la historia
es más que evidente
que con mis ridículos avatares cotidianos
no doy la talla ni de coña.

...

Roger Wolfe
(De Arde Babilonia, 1994)

POBRE HOMBRE


Me miro las manos y de repente me parece
que tienen un color
inconfundiblemente amarillento.
Algo inquietante porque el hígado
siempre es un problema y detesto el amarillo
por ese motivo y otros muchos
que quizá algún día me anime a consultar
con mi psiquiatra. En el caso
de que algún día decida
contratar los servicios de un psiquiatra.
Así que me levanto
y me acerco al baño
y escruto mi rostro en el espejo
y hago muecas y tiro de mi cara
en un sentido y otro
y me examino el blanco de los ojos
acercándolos lo más posible al fluorescente
hasta que me doy cuenta
de que parezco una especie de mono
estúpido y enloquecido
y que las dos docenas de análisis de sangre
que me suelo hacer todos los años
nunca revelan motivo alguno
para sentir alarma.
Un poco más tranquilo
decido reventarme un grano
sin poder evitar pensar
que no somos otra cosa
que un triste hatajo de pobres hombres.
Sólo que a veces
me siento el más imbécil
de todos ellos.

...
Roger Wolfe
(De Hablando de pintura con un ciego, 1993)

sábado, 2 de agosto de 2014

EL BORRACHO ES UN FINGIDOR


La cosa es muy sencilla, en realidad.
Coges y agarras
una borrachera de dos días
y al tercero resucitas
de debajo de un pila
de mierda, sudor rancio,
sangre coagulada y heridas sin cicatrizar.
Luego te arrodillas
en el lugar más propicio de la casa
—la cocina, por ejemplo—
extiendes los brazos en cruz
como un santo enajenado bajo la lluvia
en una de esas infames películas de la Biblia
que rodaban hace años
en este país de todos los demonios,
y pides clemencia a Dios y a la memoria
de todos los muertos
y mediomuertos que conoces,
y llamas por teléfono,
agenda en mano, a la esperanza,
a los amigos,
enemigos
y otra gente
de sexo impreciso o intermedio
para anunciar a todos la inminencia
de tu último suicidio
mientras juras
y perjuras
no volverlo a hacer
hasta la próxima

Roger Wolfe
(De Hablando de pintura con un ciego, 1993)

jueves, 25 de abril de 2013

O.D.I.O.




Me faltan algunos odios todavía. 
Estoy seguro de que existen.
...
Celine



El odio son las cosas  que te gustaría hacer con el locutor deportivo  
de la radio del vecino 
esos domingos por la tarde.

El odio son las cosas que te gustaría hacer con el macaco de uniforme 
que sentencia -arma 
al cinto- que el semáforo 
no estaba en ámbar, sino en rojo.

El odio son las cosas que te gustaría hacer con el cívico paleto 
vestido de payaso 
que te dice 
que no se permiten perros 
en el parque.

El odio son las cosas que te gustaría hacer con la gente que choca contigo 
por la calle 
cuando vas cargado 
con las bolsas de la compra 
o un bidón de queroseno 
para una estufa 
que en cualquier caso 
no funciona.

El odio son las cosas que te gustaría hacer con los automovilistas 
cuando pisas un paso de peatones 
y aceleran.

El odio son las cosas que te gustaría hacercon el neandertal en cuyas manos 
alguien ha puesto 
ese taladro de percusión.

El odio son las cosas que te gustaría hacer cuando le dejas un libro a alguien 
y te lo devuelve en edición fascicular.

El odio es una edición crítica de Góngora.

El odio son las campanas de la iglesia en mañanas de resaca.

El odio es la familia.

El odio es un cajero que se niega a darte más billetes 
por imposibilidad transitoria 
de comunicación con la central.

El odio es una abogada de oficio aliándose con el representante 
de la ley 
a las ocho de la mañana 
en una comisaría 
mientras sufres un ataque 
de hipotermia.

El odio es una úlcera en un atasco.

El odio son las palomitas en el cine.

El odio es un cenicero atestado de cáscaras de pipa.

El odio es un teléfono.

El odio es preguntar por un teléfono y que te digan que no hay.

El odio es una visita no solicitada.

El odio es un flautista aficionado.

El odio en estado puro es retroactivo 
personal 
e intransferible.

El odio es que un estúpido no entienda tu incomprensión, 
tu estupidez.

El odio son las cosas que te gustaría hacer con este poema 
si tu pluma 
valiera 
su pistola.

...
Roger Wolfe
...