Voy al Thyssen y paso la mañana mirando un cuadro, luego otro cuadro y luego otro. Me siento en pausa, arrebatado, suspendido en el tiempo. Paso la mañana sin pensar en ninguna otra cosa fuera de este lugar o en si me lleva más tiempo una pintura que otra. Simplemente disfruto de la mirada y siento como mis pupilas se dilatan ante el asombro.
La acumulación de pinturas asombrosas es tal, que renuncio a intentar entender cómo han sido realizadas o el contexto de la obra o cualquier cosa que proporcione datos más allá que el autor y el título y la pura experiencia de la contemplación. No quiero saber nada que relativice mi experiencia, a la vez que soy consciente de que precisamente mi conocimiento sobre lo que estoy viendo es lo que me arrebata la mirada y sublima la experiencia.
Vuelvo insistentemente a visitar este tipo de museos, los que muestran sobre todo pinturas. También visito todo tipo de exposiciones, siempre que puedo, todas las que puedo. Pero prefiero la pintura. La pintura me llega mucho más adentro. La pintura se alinea con mi mirada y se alinea con mi alma. Es lo más parecido, que conozco, a la religión.
La pintura me enseña que si sales de casa y te das un paseo y luego te sientas a mirar el mundo, lo que vas a mirar es asombroso. Siempre.

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