sábado, 16 de mayo de 2020

Antes fumaba


Antes fumaba. Ahora solo bebo. El problema es que ahora bebo de la misma manera que antes solo fumaba. Es decir, todo el tiempo. Al menos no me drogo. Antes me drogaba y no lo hacía todo el tiempo porque no podía, por el dinero, pero si hubiese podido, lo hubiese hecho sin parar. Porque durante muchos años solo quería saltar al otro lado. 

Me salvé de milagro. 
En los primeros noventa.

Siempre he pensado que mi hijo me salvó. Cuando nació mi primer hijo lo dejé todo de golpe durante muchos años. Solo pensaba en él. Me convertí en el proveedor. Y olvidé todo lo que no tuviese que ver con el bienestar de una familia. Aunque esa familia duró bien poco.

Hay dos razones por las que alguien se convierte en un adicto.
La primera es la autocompasión.
La segunda es la insatisfacción.

Mi razón es la segunda.

Tengo una personalidad adictiva porque no soy capaz de estar bien en ningún sitio. Siempre tengo la sensación de que todo está por llegar, todo está empezando y todo pertenece al futuro.
Pero el tiempo pasa y no llega nada. Lo único que llega es el deterioro de tu cuerpo.
Siempre quieres más y nada es suficiente. Esa es la segunda definición del adicto. La primera es la de la víctima autocomplaciente.
El autocomplaciente es el yonqui. 
Los demás estamos esperando, mientras hacemos de yonquis.

Leo alguna biografía de artistas que llegando a cierta edad y reconocimiento profesional, se relajan, dejan de necesitar de las drogas en favor del aplauso continuo a su trabajo. Otros, a pesar del reconocimiento, no terminan de llegar a su propio fin y se consumen en sus adicciones.

Eso no me va a pasar a mí. He sido un artista vago y no tengo una mierda de obra.
Todo lo que soy y pienso se evapora sin dejar rastro. 
Nunca seré una voz, sino un rumor.

He esquivado toda la vida hacer lo que tenía que hacer.
Siempre estuve más preocupado de pagar las facturas que de hacer una carrera de artista.
He trabajado de todo, y los trabajos más estúpidos son los que más me han reconfortado.
Limpiaba cristales de colegios de monjas o limpiaba moquetas de oficinas de la Castellana y me reía todo el tiempo.
Dibujaba manga porno para videojuegos primitivos de los noventa y me reía todo el tiempo.
Me recorría España en coche, llevando detrás todo un equipo de rodaje, y me reía todo el tiempo.
Me inventaba empresas y me reunía con empresarios y me reía todo el tiempo.
Camarero, dependiente, conductor, comercial. Videoartista.
Productor, realizador, conseguidor, fotógrafo y redactor.
Muchos años con sueldos ínfimos que me pagaban al momento y que me gastaba en la misma noche.
Si me preguntaban que hacía o a qué me dedicaba, yo decía: La puta de todo.
Fui profesor de academia y dueño de un gimnasio, editor, webmaster y diseñador gráfico.
Ilustrador de libros de cocina, dibujante, retratista al óleo del Corte Inglés y de nuevo empresario.
Me monté un grupo de pintores comerciales y vendía por catálogo. Pintando rápido. El pintor más rápido de Madrid. Vendí muchos cuadros y luego más. 
Por entonces, compré una mesa de Ping Pong y abrí el estudio "The Pop Factory". Yo decía: Vamos a pintar, a beber cerveza, iremos en bermudas y vestiremos camisas hawaianas y siempre, en medio, jugaremos al Ping Pong. Saldremos a los bares y beberemos y discutiremos como verdaderos artistas. 
Muchas mujeres y muchas noches en blanco. Nunca nos llegamos a pelear con las manos. Todo fue bien, y luego, de repente,  no nos volvimos a ver, ni a hablar, ni a saber de nadie. De repente se acabó. Cada un por su lado.

Por entonces,
ya tengo dos hijos,
y la madre de mis hijos me quiere matar.
Salgo de una relación tóxica.
Me siento aliviado y me pierdo en la noche de Madrid.
Me confundo con la niebla.
Desaparezco.

Muchas noches blancas

Y luego, cuando creo que todo está perdido, conozco a Paola.
Amo a Paola, vivo con Paola, me caso con Paola.
Ahora.
Sigo con Paola.

Siempre pienso que el complicado soy yo.

Luego me reconvierto en artista serio y después en brocante y después en carpintero y en cerrajero y en decorador. Tengo una tienda en el rastro y pinto lo que quiero pintar, pero poco. Y en medio de todo esto, profesor en la universidad. En Publicidad, Periodismo, Comunicación, Bellas Artes, Diseño y  Moda. Y ahí estamos. Cierro el rastro y me lo monto en Malasaña. 

!0 años más y me hago mayor en medio de todo esto y sigo sin pintar. 
Todo el tiempo dibujando. Todo el tiempo perdiendo el tiempo. Todo el tiempo riéndome de  todo el tiempo.

Porque todo el tiempo...
Tenía que haber pintado y dibujaba.
Tenía que dibujar y me ponía a escribir.
Cuando tenía que escribir me ponía a hacer fotos.
Luego hacía canciones.
Después poemas.
Vídeos.
Nada.

Soy una perdida de tiempo.

Siempre ganando el dinero, pagando y respirando.

Durante mucho tiempo compensaba mi rutina con el refugio en cualquier actividad con la menor repercusión posible.
Intentaba hacer las cosas menos interesantes y solitarias del mundo.
Caminar es lo más parecido a una religión que he podido tener.
Caminar
El mejor refugio, que he encontrado en mi vida, ha sido caminar.
Caminar es la mejor manera de desaparecer del mundo durante 30 minutos o una hora o hora y media o durante una mañana o un día entero.
Caminar es la mejor versión de mí mismo.

Ahora mismo pienso que soy mejor caminando que haciendo cualquier otra cosa.




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